PARRHESIA REVISTA
nosotros

Aceptación de mí persona

Aceptación de mí persona

Borges ha dicho que la mayor expresión de gloria es el anonimato, no pretendo ofender tal enseñanza; yo también quiero la muerte, esas dos abstractas fechas y permanecer en el olvido.

He intentado subir mi primer post a Instagram. Mi resistencia y timidez me han demorado, pero a recomendación de mi doctora del alma –a quien amaré por siempre–, debí encontrar un lugar el cual poder expresarme, todos lo necesitamos: por empezar, diría que no me gustan las redes sociales, creo que no es mi mundo, pero también en la niñez creía eso del arte y la poesía, y hoy forman parte de mi modesto laberinto. Tampoco creo tener algo para aportar, la literatura que me gusta es antigua e intrincada y la manera de escribir, arcaica: una vaga combinación inspirada en Stevenson y Walt Whitman.

Y sobre todas las cosas sé que no me gusta el formato corto, la superficialidad y nuestro constante culto a la ignorancia, que con profética lucidez habló Asimov: leí en algún post de Substack que la escritora se encontraba en una reunión donde conoció a un amigo de su madre que, para ella, era una de las personas más lúcidas que ha encontrado. Este hombre discutía sobre política, cultura y la condición humana. Sin embargo, mientras hablaba, todos los presentes permanecieron en silencio; lo miraban de forma extraña y no hicieron comentarios. Cuando se fue, comenzaron a criticarlo tildándolo de “loco”. El anti-intelectualismo es el mal moderno; aquellos que se animan a pensar son tildados de locos o de raritos y la ignorancia es premiada, mucha culpa de esto la tienen las redes sociales. La sociedad no odia el conocimiento, lo ridiculiza.

Mi medicina ante el Statu quo de la ignorancia es muy sencilla: Memento Mori, nos acecha la muerte, por eso, antes de que llegue, debemos llenar nuestra alma con cuentos e historias, con diabluras; con el largo jugueteo de libros, de instrumentos y de música. Pacientemente, crear el laberinto de letras y personas, de amores y dolores, de Dioses, de mitos, de filosofías, del entendimiento de la política y los corazones humanos.

Sé quien soy, al menos creo saberlo. Dios --si es que existe-- o la incesante sucesión de causas y efectos de la vida, han resultado en mi; debo aceptar este destino, como he aceptado el acto de respirar y de ser argentino; como he aceptado a mis padres y el hecho de despertarme cada mañana. Aceptaré que me gustan las poesías y los cuentos de Borges, las obras de Goya y el curso del Imperio de Cole; debo aceptar que no me gusta la música actual, que Spinetta me ha hecho emocionar como la canción de las simples cosas. Me gusta escribir. No me gusta el sexo sin amor ni las mujeres vacias, no me gustan las miradas de ilusión de quienes jamás amaré; aceptaré que me puedo emocionar con cierta frase, con cierta simetría de Le régret d’Héraclite o que he pensado lo peor con el microrelato: “For sale: baby shoes, never worn” de Hemingway. Me gustan las frases en latín, los mapas, las batallas del siglo XIX, los perros, las etimologías, la luna solitaria, el sabor del té de canela, el arpegio de la milonga, la poesía de Heine, las hipálages y los sueños.

Aceptaré que soy estoico, que admiro la moral cristiana aunque estoy más del lado del ateísmo, creo en la educación pública, creo que siempre hay que estar cuestionando el pensamiento propio, por eso he ido al Partido Justicialista a pesar de inclinarme por el gorilismo; creo en un Estado diminuto, creo que uno de los más urgentes problemas de nuestra época es la gradual intromisión del Estado en los asuntos del individuo. Soy un pobre que cobra un modesto sueldo, me conformo con poco —como Asterión—, no creo en las pompas mujeriles ni en el bizarro aparato de los palacios y más de una vez me he sentido el de la buhardilla, ese que es nada, que nunca será nada, quien no puede querer ser nada y que, aparte de eso, tiene todos los sueños del mundo.

Mi vaga nostalgia desea olvidarse de esas cosas, y olvidarme del pensamiento y de los versos, de la oscura soledad y de la sapiencia que contengan los libros. He intentado librarme de los vastos artificios de la mente y tener la suerte de un corazón abierto al amor sencillo, pero todo eso ya es parte de mi alma. Yo he de quedar en lo que soy (si es que alguien se puede ser) y será mi destino perderme en la cronología y esperar que nuestro tiempo sea olvidable.

La pérfida providencia ha creado la más deliciosa y compleja comida para gusanos, de ello me atajo cuando digo: hay que construir un jardín tan lleno de arte, tan lleno de amor, tan lleno de alma, tan lleno de conocimiento que cuando la muerte nos visite, se quedé un ratito impresionada de tanta flores.

PARRHESIA REVISTA

0%

¡Gracias por leer Parrhēsía!